Soy enfermero en cuidados paliativos. Con los años aprendí que cuidar no es evitar la muerte, sino acompañar la vida hasta el final. A veces eso implica aliviar un síntoma. Otras veces, explicar lo que está ocurriendo, sostener una decisión difícil, escuchar un miedo o simplemente estar cerca cuando las palabras no alcanzan.

En ese camino, algunas historias dejan huella.

Sebastián tenía 13 años cuando lo conocí. Venía de ver a su mamá después de varios días. El cambio era evidente: el cuerpo más débil, el cansancio, el silencio. Se sentó frente a mí con una mezcla de miedo y necesidad. No quería rodeos.

—¿Cómo está mi mamá?
—¿Se va a curar?
—¿Por qué le pasa esto?

No era la primera vez que escuchaba esas preguntas. Pero sí una de las pocas veces en que sentí que ninguna respuesta alcanzaba. En ese momento entendí, una vez más, que el rol de enfermería no siempre está en tener respuestas, sino en cómo acompañar cuando no las hay.

Le hablé claro. Sin tecnicismos. Sin mentiras. Le expliqué lo que pasaba con cuidado. No para quitarle el dolor —eso era imposible— sino para que no estuviera solo dentro de él.

Ese fin de semana, Sebastián decidió cuidar a su mamá. Aprendió a administrar medicación, a observar, a acompañar. Armamos juntos algo simple: una forma de estar.

Setenta y dos horas después, ella murió en su casa. Sin dolor. Rodeada de sus hijos.

Aquella vez, simplemente estuve.

Y eso también fue parte del cuidado.

Con los años entendí que cada historia enseña algo distinto.

Tiempo más tarde, Sebastián me dijo una frase que nunca olvidé. Me llamó “ángel”.
Nunca me sentí cómodo con esa palabra. La enfermería no se trata de ser ángeles. Se trata de estar formados, de saber cuidar, de poder acompañar y de sostener una presencia profesional y humana en momentos complejos.

 

Como Lola, que un domingo pidió verme porque “había llegado su hora”. No había urgencias médicas evidentes. Sin embargo, necesitaba despedirse. Me tomó la mano, agradeció, pidió un abrazo… y murió en paz.

O Ada, que había expresado con claridad su deseo de morir en su casa, rodeada de quienes amaba. Trabajamos durante mucho tiempo para acompañarla en ese proceso, pero el miedo y las decisiones del entorno terminaron alejándola de aquello que quería. Murió en una terapia intensiva, lejos de ese final imaginado.

Y también Manuel, a quien conocí demasiado tarde. Llegué cuando el dolor ya era insoportable y el tiempo escaso. En medio de la desesperación de su familia, comprendí algo fundamental: acompañar también es explicar, contener y ayudar a entender lo que está ocurriendo.

Historias distintas. Personas distintas.
Pero en todas aparece algo en común: la necesidad humana de sentirse acompañado.

Quizás mucho de esto ya había sido comprendido décadas atrás por Cicely Saunders, enfermera, médica y referente fundamental de los cuidados paliativos modernos. Saunders transformó la manera de acompañar el final de la vida al comprender que el sufrimiento no es solo físico. Existe también un dolor emocional, social y espiritual. A eso lo llamó “dolor total”.

Y probablemente ahí habite el verdadero corazón de la enfermería en cuidados paliativos.

Porque cuando Sebastián preguntaba por qué su mamá se estaba muriendo, el dolor no era solamente la enfermedad. Era el miedo, la angustia y el amor desesperado por no perderla.

Cuando Lola necesitó despedirse, lo importante no era un estudio clínico. Era sentirse escuchada.

Cuando Ada temía perder dignidad, el cuidado también significaba respetar sus deseos.

Y cuando Manuel murió en medio del dolor de su familia, quedó claro que aliviar no siempre alcanza si no hay acompañamiento.

Cicely Saunders dejó una frase que continúa guiando el trabajo de quienes acompañan el final de la vida:

“Tú importas por ser tú. Importas hasta el último momento de tu vida.”

Tal vez por eso la enfermería ocupa un lugar tan importante en cuidados paliativos. Porque allí donde muchas veces se cree que “ya no hay nada por hacer”, todavía queda mucho por cuidar.

Queda aliviar.
Queda escuchar.
Queda explicar.
Queda sostener.
Queda acompañar.
Queda cuidar.

En el Día de la Enfermería, celebrar esta profesión también es reconocer su presencia cotidiana junto a las personas, las familias y los equipos de salud. Una presencia que no se reduce a la técnica, aunque la incluye. Una presencia que observa, interpreta, alivia, comunica, acompaña y sostiene.

En cuidados paliativos, la enfermería no aparece cuando ya no queda nada por hacer.
Aparece para recordar que siempre queda algo por cuidar.

Por Sergio Dos Santos
Licenciado en Enfermería
Cuidados Paliativos
Equipo Pallium Latinoamérica


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Sergio Dos Santos @sergiodosantos.cp