A 22 años de la muerte de Elisabeth Kübler-Ross, volvemos sobre uno de sus legados más conocidos para preguntarnos algo fundamental: ¿qué pasa cuando dejamos de mirar el duelo como una fórmula y empezamos a escuchar a quien está atravesándolo?
El 24 de agosto de 2004 falleció Elisabeth Kübler-Ross, una de las figuras que transformó profundamente la manera en que la sociedad y los profesionales comenzaron a hablar sobre la muerte, el proceso de morir y las experiencias emocionales asociadas a las pérdidas.
Su nombre quedó especialmente asociado a las cinco etapas: negación, ira, negociación, depresión y aceptación.
Pero quizás su legado más importante no sea repetir estas cinco palabras.
Si la puerta a revisar qué hacemos con ellas.
Porque con el paso del tiempo, las etapas fueron convertidas muchas veces en una especie de mapa obligatorio del duelo: primero negación, después ira, luego negociación, depresión y finalmente aceptación.
Como si el duelo tuviera un recorrido establecido y hubiera que seguir una secuencia correcta. O incluso como si pudiéramos mirar a una persona que acaba de perder a alguien y preguntarnos:
“¿En qué etapa está?”
Sin embargo, esta interpretación no refleja adecuadamente el sentido con el que Kübler-Ross presentó originalmente estas experiencias. Las cinco etapas no fueron pensadas como un proceso lineal que todas las personas debieran atravesar de la misma manera. En desarrollos posteriores, junto con David Kessler, se insistió también en la singularidad de cada proceso de duelo.
Y esta diferencia no es menor.
Cuando una herramienta de comprensión se convierte en una regla, corremos el riesgo de dejar de escuchar a la persona que tenemos delante. Cada pérdida y cada vínculo tienen una historia, y cada persona encuentra una manera singular de atravesar el duelo. Alguien puede necesitar hablar; otra persona, silencio. Puede haber tristeza, enojo, alivio o momentos de normalidad. No existe una única manera correcta de estar de duelo. Las miradas contemporáneas nos invitan, además, a superar la idea de que elaborar una pérdida significa desprenderse para poder continuar: continuar también puede significar transformar el vínculo e integrar la ausencia a la propia historia.
Y es ahi donde J. William Worden propuso pensar el duelo desde otro lugar: no como una sucesión de etapas que la persona debe atravesar, sino como un conjunto de tareas psicológicas que pueden presentarse de maneras diferentes y no necesariamente en un orden determinado. Entre ellas se encuentran aceptar la realidad de la pérdida, trabajar el dolor del duelo, adaptarse a un mundo en el que la persona fallecida ya no está y encontrar una conexión duradera con quien murió mientras se continúa viviendo. Esta última tarea resulta especialmente significativa: continuar viviendo no implica borrar, adaptarse no significa olvidar y aceptar la realidad de una muerte no exige abandonar el vínculo. El vínculo puede cambiar y continuar existiendo en la memoria, en las palabras, en los gestos, en los valores transmitidos y en la propia historia. Por eso, la pregunta deja de ser solamente:
“¿Cómo superar esta pérdida?” para convertirse en “¿Cómo aprender a vivir con esta pérdida?”.
Robert A. Neimeyer lleva esta reflexión un paso más allá al poner el foco en la reconstrucción de significado. Una pérdida importante no solamente produce dolor: también puede transformar la manera en que una persona comprende su propia vida. Cuando alguien muere, pueden cambiar nuestra identidad, nuestros proyectos, nuestros roles, nuestras certezas y las historias que imaginábamos para nuestro futuro. El duelo puede entonces implicar preguntarnos: ¿Quién soy ahora? ¿Qué significa mi vida después de esto? ¿Cómo incorporo lo ocurrido a mi propia historia? ¿Cómo continúo viviendo sin que continuar signifique olvidar? Desde esta perspectiva, elaborar una pérdida también implica reconstruir aquello que esa experiencia ha transformado.
Así, el duelo no consiste necesariamente en cerrar una historia, sino en aprender a contarla de otra manera. La pérdida no desaparece: puede integrarse. La ausencia no deja necesariamente de doler, pero puede adquirir nuevos significados. Y el vínculo con quien murió no tiene por qué romperse para que la vida pueda continuar. Quizás allí encontremos una de las transformaciones más importantes en nuestra comprensión contemporánea del duelo: no se trata necesariamente de desprendernos de quien murió, sino de encontrar una nueva forma de relacionarnos con su ausencia y de incorporarla a nuestra propia historia.
La mirada desde los Cuidados Paliativos …
En Cuidados Paliativos sabemos que algunas pérdidas comienzan mucho antes del proceso de final de vida. Cuando una persona atraviesa una enfermedad avanzada o que amenaza la vida, pueden aparecer duelos anticipatorios vinculados no solamente a la posibilidad de morir, sino también a todo aquello que la enfermedad va transformando: la autonomía, los roles, las rutinas, los proyectos, la imagen de sí mismo, los vínculos y el futuro imaginado. También la familia y quienes acompañan pueden experimentar pérdidas anticipadas, incertidumbre, miedo, cambios en sus responsabilidades y la necesidad de comenzar a despedirse. Pero no existe una única manera de transitarlo: algunas personas necesitan hablar y planificar; otras necesitan concentrarse en el presente; algunas desean anticipar decisiones y otras todavía no pueden hacerlo. Por eso, acompañar también implica reconocer los duelos que todavía no tienen una fecha, sin imponer tiempos ni respuestas.
¿Y qué significa entonces aceptar?
Quizás una de las mayores confusiones alrededor de las etapas esté relacionada con la palabra “aceptación”. Desde una perspectiva paliativa, aceptar no significa que la persona esté de acuerdo con morir, que deje de tener miedo, que renuncie a sus deseos ni que deje de extrañar lo que está perdiendo. Tampoco significa “superarlo”. Puede significar, en algunos momentos, poder reconocer una realidad que no podemos cambiar y encontrar, junto a otros, una manera posible de habitarla. Worden nos ayuda a comprender la adaptación como un proceso activo; Neimeyer, como una oportunidad de reconstruir significados; y los Cuidados Paliativos nos recuerdan que este proceso no se transita en soledad. Kübler-Ross nos abrió una puerta para hablar de las emociones frente a la muerte; hoy podemos ampliar esa mirada para comprender que el duelo es un proceso humano, singular, relacional y situado, que comienza muchas veces antes de la muerte y que requiere escucha, presencia y cuidado interdisciplinario.
Una mirada interdisciplinaria
Retomando el interrogante de cómo superar una pérdida, como aprender a vivir esta nueva realidad. Durante muchos años, había un dicho popular que se escuchaba o se decía con frecuencia, como una especie de consuelo frente a la pérdida “el tiempo lo cura todo”. El tiempo no cura este dolor, simplemente el transcurso del tiempo hace que disminuya la intensidad de este dolor, que la persona vaya reconstruyendo esta nueva realidad.
No solo duele la ausencia, el no poder verlo, escucharlo, sentirlo.. sino que se pierde mucho más: el rol que ejercía esta persona, el vínculo que se tenía, la composición familiar, reajustar algunas actividades cotidianas, hasta lo económico.
El fundador del Psicoanálisis, Sigmund Freud, en el texto Duelo y Melancolía (1917), el trabajo de duelo comienza cuando el examen de realidad muestra que el objeto amado no existe más y, a partir de allí, es necesario comenzar una serie de operaciones que permitan retirar toda libido de sus enlaces con ese objeto perdido. Describe que esta tarea no puede ejecutarse instantáneamente, se realiza pieza por pieza, implicando un enorme gasto de tiempo y de energía de investidura, absorbiendo al yo por completo mientras dure la misma. El mundo exterior se vuelve pobre y vacío porque toda la energía del yo está absorbida en este proceso interno. Una vez hecho este trabajo de duelo, el yo queda libre, desinhibido y disponible para nuevos vínculos.
Parecería una forma de aceptación, de superación de una pérdida y el trabajo de duelo ya estaría logrado.
Sin embargo, años después hace un replanteo, una reconstrucción de su obra después de haber atravesado la muerte de su hija Sophie y su nieto. Freud escribe una carta a Ludwing Bingwainer (psiquiatra suizo) por el fallecimiento de su hijo. “Aunque sabemos que después de una pérdida así el estado agudo de pena va aminorando gradualmente, también nos damos cuenta de que continuaremos inconsolables y que nunca encontraremos con que rellenar adecuadamente el hueco, pues aún en el caso de que llegara a cubrirse totalmente se habría convertido en algo distinto. Así debe ser. Es el único modo de perpetuar los amores a los que no deseamos renunciar.”
Desde la Psicología, aprendemos a acompañar entendiendo que el duelo no es una etapa que se cierra, sino una experiencia que se transforma con el tiempo. Trabajamos para que esa ausencia pueda seguir siendo habitada: con amor, con memoria, con legado y con dignidad.
Reflexiones finales…
Quizás uno de los mayores legados de Elisabeth Kübler-Ross no haya sido ofrecernos una fórmula para comprender el duelo, sino abrir un espacio para hablar de aquello que durante mucho tiempo permaneció silenciado: la muerte, el dolor, el miedo, las pérdidas y las emociones que las acompañan. A partir de allí, otras miradas fueron ampliando nuestra comprensión: Worden nos invita a pensar el duelo como un proceso de adaptación y a encontrar una manera de mantener el vínculo mientras continuamos viviendo; Neimeyer, a reconocer que una pérdida también puede transformar nuestra identidad, nuestros proyectos y los significados con los que construimos nuestra historia; y los Cuidados Paliativos, desde una perspectiva interdisciplinaria, nos recuerdan que este proceso no ocurre en soledad, sino en relación con la persona, su familia, sus vínculos y su comunidad. Quizás por eso hoy podamos dejar de preguntarnos “¿en qué etapa está?” y acercarnos a preguntas más humanas: ¿qué está viviendo?, ¿qué necesita?, ¿qué significado tiene esta pérdida?, ¿qué necesita reorganizar?, ¿qué vínculo quiere conservar? Porque acompañar no siempre significa encontrar las palabras capaces de aliviar el sufrimiento ni apresurar una respuesta; muchas veces significa poder permanecer allí, escuchar sin juzgar, respetar los tiempos y reconocer la singularidad de cada historia. Y quizás la pregunta más sencilla sea también la más profunda: “¿Cómo puedo acompañarte hoy?” Ese cambio de pregunta también es una forma de cuidado.
Equipo Interdisciplinario de Pallium Latinoamérica
Bibliografía de referencia
- Kübler-Ross, E. & Kessler, D. On Grief and Grieving: Finding the Meaning of Grief Through the Five Stages of Loss.
- Worden, J. W. Grief Counseling and Grief Therapy: A Handbook for the Mental Health Practitioner.
- Neimeyer, R. A. (Ed.). Meaning Reconstruction & the Experience of Loss.
- Neimeyer, R. A. “Meaning reconstruction in bereavement: Development of a research program”.
- Neimeyer, R. A. “Reconstructing Meaning in Bereavement”.