En el Día de Todos los Muertos, la tradición mexicana nos invita a mirar los gestos con los que honramos a quienes murieron. Desde los cuidados paliativos, esta fecha abre una conversación sobre el sentido, el acompañamiento y la posibilidad de recordar.

Hay personas que recordamos al preparar una comida, escuchar una canción o repetir una frase que aprendimos de ellas. Su ausencia se hace presente en lo cotidiano, junto con las huellas de lo compartido.

El 2 de noviembre puede ofrecernos un tiempo para detenernos en esos recuerdos. Un momento para nombrar a quienes murieron, reconocer su lugar en nuestra historia y compartir, si lo deseamos, algo de lo que seguimos sintiendo.

La memoria tiene un lugar en la casa y en la comunidad

En México, las celebraciones del Día de Muertos reúnen tradiciones diversas, con raíces indígenas y aportes del catolicismo que se han transformado a lo largo de los siglos. En distintas comunidades, las flores, las velas y las ofrendas forman parte de la preparación para recibir, según sus creencias, a los seres queridos fallecidos. Los alimentos y objetos elegidos expresan una relación particular con quienes se recuerda.

Estas prácticas tienen una dimensión familiar, comunitaria y espiritual. Las fiestas indígenas dedicadas a los muertos forman parte del patrimonio cultural inmaterial reconocido por la UNESCO.

Desde otras historias y creencias, podemos acercarnos con respeto a esta tradición y recoger una invitación: reservar un tiempo y un lugar para la memoria. Preguntarnos qué gestos tienen sentido para nosotros y con quiénes quisiéramos compartirlos.

Un tiempo para detenernos, un gesto para encontrarnos

Una fotografía sobre la mesa. Una receta que vuelve a prepararse. Una historia que alguien cuenta y otra persona completa. A veces, la memoria encuentra su lugar en gestos sencillos que podemos compartir.

En La desaparición de los rituales, Byung-Chul Han reflexiona sobre la capacidad de las prácticas simbólicas para sostener la comunidad y dar estabilidad a la vida. Esta mirada nos permite apreciar el encuentro que hacen posible las conmemoraciones: las personas se reúnen, preparan un lugar y dedican tiempo a quienes murieron.

En El aroma del tiempo, el filósofo también invita a recuperar la capacidad de demorarnos. Podemos recoger esa invitación al pensar en nuestros recuerdos: detenernos en lo que una persona significó, escuchar lo que otros conservan de ella, reconocer cómo su paso forma parte de nuestra historia.

Cada familia y cada persona puede encontrar sus propios gestos. Encender una vela, escuchar una canción o compartir una comida pueden expresar algo para lo que a veces faltan palabras. También podemos elegir la intimidad o el silencio.

¿Por qué permitirnos recordar?

A veces cuesta encontrar ese espacio. Podemos temer que nombrar a alguien nos haga llorar, que incomode a los demás o que nuestra tristeza dure más de lo que el entorno espera.

Recordar puede ser una manera de reconocer la importancia de una relación: lo que vivimos juntos, lo que recibimos, lo que extrañamos y lo que deseamos conservar. Compartir una anécdota también ofrece a otros la posibilidad de conocer algo de esa persona y de comprender mejor nuestra historia.

Darnos ese permiso implica aceptar que pueden convivir emociones distintas. Una misma fotografía puede despertar ternura y dolor. Una conversación puede traer una sonrisa y, después, silencio.

Hablar de recuerdo desde el amor tampoco exige idealizar los vínculos. Hay relaciones atravesadas por conflictos, asuntos pendientes o sentimientos difíciles de nombrar. También esas experiencias merecen un lugar respetuoso. Cada persona puede decidir qué recordar, con quién y en qué momento.

Espiritualidad: lo que da sentido y nos conecta

La espiritualidad, en el ámbito de los cuidados paliativos, comprende la búsqueda de sentido, conexión y trascendencia. Puede expresarse mediante la religión y también a través de los valores, los afectos o la relación con aquello que cada persona considera significativo.

Enric Benito y colaboradores, en una publicación de 2025, proponen integrar esta dimensión de manera sistemática al cuidado. Su perspectiva reconoce las relaciones que cada persona establece consigo misma, con los demás y con aquello que la trasciende.

Uría Guevara-López retoma este desafío en su artículo de 2026, La espiritualidad en cuidados paliativos. «Una asignatura pendiente». Allí plantea la necesidad de incorporar la atención espiritual al cuidado integral, evitando que quede relegada frente a la atención de los síntomas físicos.

Esta disposición a escuchar lo que importa a cada persona también orienta nuestra manera de acompañar a quienes atraviesan una ausencia. Podemos preguntar qué los sostiene, qué desean compartir o qué prácticas tienen significado para ellos.

Viktor Frankl aporta a esta conversación la importancia del sentido y del encuentro amoroso con otra persona. Desde su perspectiva, el amor y las experiencias valiosas constituyen caminos para descubrir sentido en la vida.

Al pensar en quienes murieron, podemos abrir preguntas: ¿qué dejó este vínculo en mi vida?, ¿qué momentos quisiera conservar?, ¿hay algo de lo aprendido juntos que deseo transmitir? Son invitaciones, sin la exigencia de encontrar respuestas ni de convertir el dolor en una enseñanza.

Acompañar a quien recuerda

Los cuidados paliativos incluyen el acompañamiento a las familias y personas cercanas durante el duelo. Esa presencia puede expresarse en gestos cotidianos: escuchar sin apurar, preguntar antes de proponer un ritual y respetar las creencias y los silencios.

«¿Querés contarme algo de esa persona?» puede abrir una conversación. «¿Preferís que me quede con vos?» puede ofrecer compañía cuando las palabras resultan difíciles. También es válido que alguien prefiera estar a solas o no participar de una conmemoración.

Quienes no pudieron estar presentes en los últimos momentos o vivieron una despedida difícil también necesitan un espacio de escucha. El valor de un vínculo abarca toda su historia; estar en el último instante no es una medida del amor.

Este 2 de noviembre podemos elegir un gesto pequeño que tenga sentido para nosotros. Y podemos estar disponibles para quienes necesiten compartir un recuerdo, una pregunta o un silencio.

Hacer lugar al recuerdo es reconocer que esa vida  ha formado parte de nuestra historia. Ofrecer compañía en ese momento también es cuidar.

Equipo Interdisciplinario de Pallium Latinoamérica

Fuentes y lecturas de referencia

  • Han, Byung-Chul. La desaparición de los rituales. Una topología del presente. Traducción de Alberto Ciria. Barcelona: Herder, 2020.
  • Han, Byung-Chul. El aroma del tiempo. Un ensayo filosófico sobre el arte de demorarse. Traducción de Paula Kuffer. Barcelona: Herder, 2015.
  • Benito, E.; Dones, M.; Jiménez, E.; Fornells, H.; Nabal, M. (2025). El acompañamiento espiritual en la clínica (I): bases para su integración en cuidados paliativos. Medicina Paliativa, 32(1), 39–44.
    https://doi.org/10.20986/medpal.2025.1637/2025