Por Sergio Dos Santos 

Lic. Enfermeria – Paliativista – Docente de Pallium Latinoamérica 

Cada 24 de julio, el Día Mundial del Autocuidado invita a reflexionar sobre aquellas acciones que favorecen nuestra salud y bienestar. Sin embargo, cuando pensamos en quienes acompañan procesos de enfermedad avanzada, fragilidad o final de vida, el concepto adquiere un significado más profundo.

En el ámbito de los Cuidados Paliativos, el autocuidado suele asociarse con recomendaciones frecuentes: poner límites, preservar espacios personales o evitar involucrarse demasiado. Estas sugerencias buscan prevenir el agotamiento, el desgaste emocional y la sobrecarga que muchas veces experimentan tanto los equipos de salud como quienes cuidan y acompañan desde la red de apoyo.

Por lo que que aquí surge un nuevo interrogante: 

¿Hasta dónde puedo acercarme sin que esa cercanía me haga daño o interfiera en el acompañamiento que ofrezco?

No concibo el cuidado de una persona que atraviesa una enfermedad compleja sin poner las emociones en juego. Están presentes en el encuentro con una historia, con una situación de vulnerabilidad, con una familia agotada o con alguien que nos llama porque necesita ayuda. Podemos aprender a reconocerlas, comprenderlas y manejarlas, pero no podemos pretender que queden por fuera de la tarea de cuidar.

Cuidar requiere conocimientos y habilidades, pero también presencia, sensibilidad y disponibilidad.

La calidad de un acompañamiento tiene mucho que ver con esa disponibilidad: con estar dispuestos a escuchar, a permanecer muchas veces un poco más, a responder cuando algo cambia o a acercarnos cuando aparece una necesidad que merece ser atendida. Los síntomas, las preocupaciones y las situaciones imprevistas no siempre coinciden con los tiempos que habíamos programado.

Ahora bien, estar disponibles no significa poder con todo, responder siempre en soledad ni volvernos imprescindibles. Significa que el límite no sea una respuesta automática ni aparezca antes de comprender qué está ocurriendo.

En nuestra tarea de intervención hay historias que  nos conmueven, nos preocupan y permanecen con nosotros después de una visita, una consulta o una entrevista. Que una situación nos afecte no significa necesariamente que nos hayamos involucrado de una manera inadecuada. ¿La pregunta es qué hacemos con eso que nos pasa?

Podemos reconocerlo, hablarlo, pensarlo y compartirlo. Allí, el trabajo en equipo adquiere un valor fundamental. El acompañamiento de situaciones complejas no debería concentrarse en una sola persona. Cada integrante puede aportar su saber, su mirada y una parte del sostén necesario. Compartir el cuidado de manera interdisciplinaria enriquece las decisiones y evita que un único profesional quede sosteniendo toda la responsabilidad y todo el impacto emocional de la situación.

Algo semejante ocurre en las familias y en las redes de apoyo. Identificar a quien concentra la mayor parte de los cuidados permite reconocer su esfuerzo y advertir una posible sobrecarga, pero no debería llevarnos a naturalizar que toda la responsabilidad recaiga sobre esa persona. Cuando no existen relevos ni espacios propios, el cansancio, la irritabilidad y el agotamiento pueden interferir en el vínculo y en la manera de cuidar. Ampliar la red, distribuir tareas y pedir ayuda son también formas de proteger el cuidado.

Cuidarnos requiere preservar nuestra salud integral y sostener aquellos espacios que pertenecen a nuestra propia vida: el descanso, los afectos, los vínculos, los intereses y las actividades que nos permiten seguir siendo mucho más que la tarea que realizamos.

También supone reconocer cuándo no podemos asumir una nueva situación, cuándo nuestra disponibilidad ya no alcanza o cuándo no contamos con la preparación necesaria para ofrecer un acompañamiento adecuado. Ese límite no expresa falta de compromiso. Protege nuestra salud y también a las personas que cuidamos.

En este Día Mundial del Autocuidado, vale la pena recuperar una idea que interpela profundamente a los Cuidados Paliativos: no todo límite implica distancia.

Algunos límites son precisamente una forma de cuidar.

Cuidarnos quizás no consiste en alejarnos de quienes acompañamos, sino en aprender a permanecer cerca de una manera posible: con sensibilidad, con trabajo en equipo, con redes de apoyo y con la convicción de que el cuidado también necesita ser cuidado.

Porque nadie puede sostener el cuidado en soledad.

Equipo de Pallium Latinoamérica