–/D-urante mucho tiempo, la kinesiología en Argentina estuvo asociada a la recuperación. A volver a caminar, a rehabilitar una lesión, a recuperar una función perdida. Su desarrollo histórico la posicionó como una disciplina clave en los procesos de restitución del cuerpo. Pero la salud cambió, y con ella, también cambió la forma de cuidar.

Hoy, en el campo de los cuidados paliativos, la kinesiología encuentra un nuevo sentido: no siempre se trata de recuperar, pero siempre se puede aliviar.

El surgimiento de los cuidados paliativos, impulsado por Cicely Saunders, introdujo una mirada integral del sufrimiento a través del concepto de “dolor total”. Esto implicó entender que el padecimiento no es solo físico, sino también emocional, social y espiritual. Y, sobre todo, que ninguna disciplina por sí sola puede abordarlo completamente.

Así, los equipos interdisciplinarios se volvieron una condición necesaria para cuidar mejor.

En ese marco, el rol del kinesiólogo adquiere una dimensión muchas veces invisibilizada, pero profundamente concreta. Cuando una enfermedad crónica avanza, el cuerpo cambia: aparecen la disnea, el dolor, la fatiga, la pérdida de movilidad. Estos síntomas no son secundarios. Son, muchas veces, el centro de la experiencia de la enfermedad.

Y es ahí donde la kinesiología interviene.

A través de técnicas de respiración, movilización y acompañamiento físico, el kinesiólogo trabaja para aliviar síntomas, mejorar la funcionalidad y sostener la autonomía el mayor tiempo posible. No se trata de curar, sino de mejorar la forma en que se vive.

La evidencia internacional respalda este enfoque. Organismos como la World Health Organization – autoridad directiva y coordinadora de la acción sanitaria internacional dentro del sistema de las Naciones Unidas- reconocen la rehabilitación como parte esencial del cuidado integral en enfermedades avanzadas. Sin embargo, en la práctica, el acceso a estos abordajes sigue siendo desigual, especialmente en América Latina.

En Argentina, si bien los cuidados paliativos han avanzado en su reconocimiento, todavía persisten desafíos estructurales. El acceso no es equitativo y, en muchos casos, los equipos no cuentan con todos los profesionales necesarios. Entre ellos, el kinesiólogo.

Esto no es un detalle menor.

Cuando falta una mirada, el cuidado se empobrece. Cuando falta intervención sobre el cuerpo, el sufrimiento físico puede intensificarse. Y cuando el sufrimiento aumenta, también lo hace la carga emocional, social y familiar.

Reivindicar el rol del kinesiólogo en cuidados paliativos es, entonces, una forma de mejorar la calidad del cuidado. Es reconocer que el alivio también se construye desde el movimiento. Que acompañar no es solo estar, sino intervenir de manera concreta para reducir el malestar.

En el Día del Kinesiólogo/a, la invitación es a ampliar la mirada.

A entender que el movimiento no solo recupera: también sostiene, alivia y acompaña.
Que el cuerpo sigue siendo un territorio de cuidado, incluso cuando la enfermedad no tiene cura.
Y que garantizar el acceso a cuidados paliativos implica, necesariamente, equipos interdisciplinarios completos.

Porque cuando no se puede curar, el cuidado no se detiene.
Cambia de forma. Se vuelve más humano, más cercano, más integral.

Y muchas veces, empieza por algo tan simple —y tan profundo— como ayudar a alguien a respirar mejor, a moverse con menos dolor, a habitar su propio cuerpo con un poco más de alivio.

En este contexto, reconocer el rol de la kinesiología no es solo valorar una práctica profesional, sino fortalecer un modelo de cuidado más completo, más humano y más acorde a las necesidades reales de las personas.

Porque incluso cuando no se puede curar, el cuidado no se detiene: se transforma, se amplía y se vuelve más cercano.

En el Día del Kinesiólogo/a, saludamos y reconocemos a quienes, desde el movimiento, la escucha y la presencia, contribuyen cada día a aliviar el sufrimiento y mejorar la calidad de vida de las personas.

Su trabajo es parte esencial del cuidado.



Equipo de Pallium Latinoamercica