Hay una razón por la que los llamamos “perros vitamina”. No es solo porque nos alegran el día cuando llegamos a casa, porque nos acompañan en silencio cuando estamos tristes o porque transforman una rutina cualquiera en un momento de felicidad.

La etología —la ciencia que estudia el comportamiento animal— nos ayuda a comprender algo mucho más profundo: los perros no son simplemente animales que viven con nosotros. Son una especie que, durante miles de años, aprendió a construir vínculos con los seres humanos.

Nos observan. Interpretan nuestros gestos. Reconocen nuestras emociones. Buscan nuestra cercanía cuando perciben que algo no está bien. Y nosotros hacemos exactamente lo mismo con ellos.

Por eso hablar de un perro no es hablar de una mascota.

Es hablar de un compañero de vida.

De un vínculo.

De una relación construida sobre la confianza, la presencia y el cuidado mutuo.

Quizás allí radique el verdadero significado del concepto “perro vitamina”: no en lo que nos dan, sino en lo que sucede entre nosotros. En ese espacio vincular donde aparece la calma, el afecto, la seguridad y el bienestar compartido.

Y cuando entendemos la profundidad de ese vínculo, también comprendemos una responsabilidad.

Porque así como ellos estuvieron presentes en nuestros momentos difíciles, nosotros estamos llamados a acompañarlos cuando la edad, el dolor o la enfermedad aparecen.

Honrar a un perro no es solamente celebrar los años felices.

Es garantizar que siga sintiéndose seguro, contenido y cuidado cuando más vulnerable se encuentra.

Es reconocer sus necesidades físicas y emocionales.

Es aliviar el dolor cuando existe.

Es respetar sus tiempos.

Es acompañarlo sin abandonar.

En este Día del Perro, celebramos a esos compañeros que transforman nuestra vida cotidiana de maneras que la ciencia recién empieza a describir y que el corazón conoce desde siempre.

Porque el amor entre humanos y perros no se mide solo en años compartidos.

Se mide en la calidad del vínculo que construimos y en la dignidad con la que elegimos cuidarlos hasta el final.

Porque cuando el vínculo es verdadero, cuidar también es una forma de agradecer.

María de los Angeles Pirola

Veterinaria de Cuidados Paliativos 

Colaboradora de Instituto Pallium Latinoamérica

CUIDADOS PALIATIVOS EN CUATRO PATAS

Por Maria Susana Ciruzzi
Referente en Bioética, Derecho y Cuidados Paliativos

Formación académica nacional e internacional en Bioética y Palliative Care.

Celebrar el vínculo también es hablar de cuidado 

“Estoy a favor del derecho de los animales, al igual que del derecho de los humanos. Ese es el camino de un ser humano completo.” — Abraham Lincoln

Cada 2 de junio, en Argentina, se celebra el Día Nacional del Perro, en conmemoración a la heroica actitud de Chonino, un hermoso ovejero alemán que ofrendo su vida, durante un operativo policial, en defensa de su compañero humano. Una fecha que invita no solo a homenajear su compañía y fidelidad, sino también a reflexionar sobre el profundo vínculo que construimos con ellos a lo largo de la vida.

Correr el riesgo de volverse una mejor persona —a decir de Oscar Wilde— es uno de los beneficios menos visibles de compartir la vida con animales.

Quienes hemos crecido junto a perros sabemos que dejan mucho más que pelos en la ropa o huellas en la casa. Dejan recuerdos, gestos, silencios y formas de amor difíciles de reemplazar.

Cada animal que pasó por nuestras vidas dejó algo irrepetible.

Y, sin embargo, también ocurre algo extraordinario: cada nuevo compañero incorpora miradas, costumbres o pequeñas expresiones de quienes estuvieron antes, ampliando esa trama afectiva que constituye nuestra familia multiespecie.

Con el tiempo comprendemos que el vínculo no se sostiene únicamente en el cuidado que damos, sino también en todo aquello que recibimos.

Porque convivir con animales transforma.

Nos enseña responsabilidad, empatía y compasión.

Nos obliga a salir de nosotros mismos.

Nos recuerda que la confianza puede existir sin contratos, condiciones ni palabras.

Un ser sintiente que nos acepta desde el primer momento. Deposita toda su vulnerabilidad en nuestras manos con una única premisa: respeto y afecto.

Y poco a poco descubrimos algo fundamental: la dependencia afectiva es mutua

Ellos también nos sostienen, nos acompañan y nos valoran.

Quizás por eso una de las experiencias más difíciles que atravesamos como seres humanos sea aprender a dejarlos ir.

El amor tiene algo inevitablemente paradojal: cuanto más profundo es el vínculo, mayor es también el dolor frente a la pérdida.

En una fecha como el Día del Perro, solemos celebrar los juegos, las caminatas, las travesuras y la alegría cotidiana que ellos traen a nuestras vidas. Pero también es importante reconocer otra dimensión del amor: la capacidad de acompañar incluso en los momentos más difíciles.

Frente a la enfermedad o el deterioro aparece muchas veces un deseo imposible:
detener el tiempo,
encontrar una solución definitiva,
despertar de aquello que sentimos como una injusticia.

Pero el destino final de todo ser vivo es enfrentarse al final de su vida.

Y nuestra angustia nace, en gran medida, de saberlo.

A lo largo de mi vida, mis perros no solo me enseñaron a vivir. También me enseñaron algo sobre cómo morir.

He acompañado seres humanos y animales en el final de la vida. Y en ambos encontré algo profundamente revelador: cuando existe alivio del sufrimiento, respeto y compañía, la muerte deja de ser únicamente miedo.

Se transforma, muchas veces, en un momento de enorme humanidad, donde la muerte entra en puntas de pie, como pidiendo permiso, reconociendo la profunda humanidad de un momento irrepetible y unico.

La calma que he visto en muchos animales durante sus últimos momentos me enseñó que quizás no debamos temer tanto a la muerte, sino más bien aprender a respetarla.

Y comprender que aun en medio del dolor, siempre podemos ofrecer algo maravillosamente valioso: nuestra presencia.

Porque acompañar también es una forma de amar.

Los cuidados paliativos veterinarios nacen precisamente de esa convicción: que incluso cuando nos enfrentamos a una enfermedad crónica o amenazante de la vida, aun cuando ya no existe posibilidad de cura, el plan de cuidado puede transformarse en valor de presencia.

Cuidar es aliviar.

Cuidar es escuchar.

Cuidar es respetar los tiempos del otro.

Cuidar es sostener dignidad aun en la fragilidad.

Y quizás allí resida una de las enseñanzas más profundas que los animales dejan en nuestra vida: recordarnos que el amor más genuino no siempre necesita palabras.

En este Día del Perro, tal vez también podamos homenajearlos de esa manera: aprendiendo a acompañarlos con respeto, empatía y amor en cada etapa de sus vidas.

“Los animales no son propiedades o cosas, sino organismos vivientes, sujetos de una vida, que merecen nuestra compasión, respeto, amistad y apoyo.” — Marc Bekoff

 

Pallium VET
Cuidados Paliativos Veterinarios

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La Dra. María Susana Ciruzzi (Suzie Ciruzzi) es abogada egresada de la Universidad de Buenos Aires, especialista en Derecho Penal (UBA), diplomada y especialista en Bioética por FLACSO, y Magíster en Bioética por la misma institución.
Cuenta además con un Doctorado y un Posdoctorado por la Universidad de Buenos Aires.

En el ámbito internacional, realizó la Specialization in Palliative Care en Stanford University, obtuvo el Certificate in Pediatrics Bioethics en Children’s Mercy Hospital y el Certificate in Bioethics en Yale University.