Por Gabriel Solarz Di Cola
Musicoterapeuta – Docente de Pallium Latinoamérica
En cuidados paliativos, la presencia del musicoterapeuta no se justifica solamente por la posibilidad de incorporar experiencias musicales. Su lugar se sostiene en una forma específica de escucha profesional, capaz de reconocer y acompañar aquello que una persona necesita expresar, incluso cuando no logra organizarlo o comunicarlo mediante palabras.
Cada 23 de julio se conmemora en Argentina el Día del Musicoterapeuta. La fecha ofrece una oportunidad para visibilizar el trabajo de una profesión de la salud cuyo campo de intervención no puede reducirse a escuchar canciones, producir sonidos o generar experiencias agradables.
En cuidados paliativos, donde se acompaña el sufrimiento relacionado con enfermedades que amenazan o limitan la vida, la musicoterapia ocupa un lugar específico dentro del trabajo interdisciplinario. No porque la música produzca efectos universales ni porque posea cualidades terapéuticas por sí misma, sino porque el musicoterapeuta cuenta con competencias profesionales para evaluar necesidades expresivas y construir intervenciones clínicas situadas, de acuerdo con la singularidad de cada persona, sus vínculos y el momento que atraviesa.
Mucho más que “poner música”
Con frecuencia, la musicoterapia queda asociada a la escucha de canciones, la relajación o la generación de momentos agradables. Sin embargo, estas imágenes no alcanzan para comprender la especificidad de su práctica.
El lugar del musicoterapeuta dentro de un equipo de cuidados paliativos no se define por la presencia de música, sino por su capacidad para evaluar cómo una persona organiza, sostiene y comunica su experiencia a través de diferentes modalidades expresivas.
Esto implica reconocer de qué manera el dolor, la fatiga, el deterioro funcional, los cambios corporales, las pérdidas y las transformaciones en los roles familiares pueden afectar la posibilidad de tomar la iniciativa, expresar necesidades, compartir emociones, sostener vínculos o participar activamente de la propia experiencia de cuidado.
Aquello que una persona necesita comunicar no siempre encuentra palabras. También puede manifestarse en la voz, el movimiento, la respiración, los silencios, las intensidades, los ritmos, las elecciones musicales y las distintas formas de acercarse o retirarse del encuentro.
A partir de esta evaluación, el musicoterapeuta construye intervenciones destinadas a favorecer la comunicación, acompañar la regulación, preservar formas de participación y facilitar intercambios significativos con la familia y con el entorno de cuidado.
Las necesidades expresivas también forman parte del cuidado
Los cuidados paliativos reconocen que el sufrimiento no es exclusivamente físico. La experiencia de enfermar atraviesa dimensiones emocionales, vinculares, sociales, espirituales y existenciales que se encuentran profundamente relacionadas entre sí.
Las necesidades expresivas no constituyen una dimensión separada de las demás. Las atraviesan, porque toda experiencia de dolor, pérdida, incertidumbre, transformación corporal o búsqueda de sentido requiere alguna posibilidad de ser organizada, comunicada y compartida con otros.
El dolor puede restringir el movimiento y modificar los modos de interacción. La enfermedad puede alterar la voz, la comunicación y la participación cotidiana. Los cambios familiares pueden producir silencios difíciles de alojar. La proximidad de la muerte puede abrir preguntas sobre los vínculos, el legado, la identidad y las diferentes maneras de despedirse.
La musicoterapia interviene en ese territorio expresivo.
El canto, la improvisación, la escucha musicoterapéutica, la composición, la recreación de músicas significativas o la construcción de legados sonoros no constituyen técnicas aplicables de manera automática. Son posibilidades clínicas que adquieren sentido a partir de la evaluación, de los objetivos construidos y de aquello que cada persona necesita expresar o compartir.
Desde allí pueden favorecerse formas de comunicación, reconocimiento y participación; sostener aspectos de la identidad; acompañar transformaciones en los vínculos y abrir espacios para elaborar experiencias que, de otro modo, podrían permanecer aisladas o sin posibilidad de ser compartidas.
No se trata únicamente de reducir síntomas. Se trata también de preservar la posibilidad de seguir participando de la propia experiencia, de tomar decisiones y de sostener modos singulares de estar con otros.
Un aporte que fortalece el trabajo interdisciplinario
En Pallium entendemos que ninguna disciplina puede responder por sí sola a la complejidad del sufrimiento humano.
El trabajo interdisciplinario no consiste solamente en reunir profesionales alrededor de una persona. Supone construir una comprensión compartida de sus necesidades y articular conocimientos diferentes dentro de un plan de cuidado común.
En ese contexto, el musicoterapeuta no trabaja de manera aislada. Durante una intervención pueden advertirse cambios en la comunicación, preocupaciones familiares, formas particulares de expresar malestar, dificultades para regularse o aspectos significativos de la historia y de la identidad de la persona. Estas observaciones pueden ampliar la comprensión clínica del equipo y contribuir a la planificación de los cuidados.
Del mismo modo, la información aportada por medicina, enfermería, psicología, trabajo social, terapia ocupacional, fisioterapia, asistencia espiritual y las demás disciplinas permite comprender mejor el proceso de enfermedad y construir intervenciones musicoterapéuticas coherentes con los objetivos generales del cuidado.
Incorporar a un musicoterapeuta no significa sumar música a la atención. Significa integrar a un profesional capaz de evaluar y acompañar necesidades expresivas que atraviesan la experiencia de enfermar, cuidar, vincularse y tomar decisiones.
Escuchar también es cuidar
En cuidados paliativos, el resultado de una intervención no siempre puede medirse por la desaparición de un síntoma.
A veces se reconoce en una respiración que logra organizarse, en una canción que permite reencontrarse con un recuerdo, en una conversación que finalmente puede suceder o en una familia que construye una forma propia de despedirse.
La musicoterapia no reemplaza otros tratamientos ni ofrece respuestas universales. Su especificidad reside en una escucha clínica capaz de reconocer cómo cada persona expresa, organiza y comparte su experiencia, y en la construcción de intervenciones que favorezcan la comunicación, la regulación, el encuentro y la participación.
En este Día del Musicoterapeuta, desde Pallium Latinoamérica celebramos a quienes sostienen una práctica clínica, ética e interdisciplinaria, y contribuyen a ampliar las formas de escuchar y de cuidar.
Equipo de Pallium Latinoamérica