Por Sergio Dos Santos
Lic. en Enfermería – Paliativista
Nombró una conquista histórica. Hoy, quizá, ya no alcanza para expresar la diversidad de las vejeces..
Hay palabras que permanecen mientras el mundo que las creó se transforma. Siguen habitando las leyes, las efemérides y el lenguaje cotidiano, pero con el tiempo pueden comenzar a resultar insuficientes para contener la complejidad de aquello que pretenden nombrar.
“Ancianidad” es una de esas palabras.
No nació con una intención despectiva. En la Argentina de 1948, la proclamación de los Derechos de la Ancianidad permitió reconocer derechos y hacer visible una realidad que hasta entonces había quedado principalmente en manos de las familias, la beneficencia o la asistencia. Representó una conquista histórica: donde había necesidades comenzaron a reconocerse derechos y donde existían situaciones de desprotección apareció con mayor claridad una responsabilidad colectiva.
Pero reconocer el valor histórico de una palabra no significa volverla eterna.
Cada término habla también de la época que lo produjo. “Ancianidad” pertenece a una manera de pensar la vida en etapas relativamente previsibles y de asociar los años más avanzados con el retiro, la pérdida de determinadas funciones o el final de un recorrido.
Hoy sabemos que esa mirada resulta insuficiente.
El envejecimiento es un proceso natural que nos atraviesa a todas las personas, aunque no de la misma manera. Por eso hablamos cada vez más de vejeces, en plural: porque las formas de envejecer son heterogéneas y están atravesadas por la historia de vida, los vínculos, las condiciones sociales y económicas, el género, la salud, el entorno y las oportunidades que cada persona ha tenido a lo largo del tiempo.
La edad cronológica, por sí sola, no alcanza para explicar cómo se transita esta etapa de la vida. Personas de una misma edad pueden tener capacidades, necesidades, deseos, vínculos y proyectos profundamente diferentes.
Entonces, ¿cuándo comienza la ancianidad?
Sabemos que, en los marcos internacionales, se considera persona mayor a quien ha alcanzado determinada edad. Pero “ancianidad” no señala con la misma precisión un momento de la vida. No existe una frontera única capaz de decir cuándo alguien deja de ser simplemente una persona que envejece para convertirse en “anciana”.
Tal vez allí esté parte del problema de la palabra: en que parece nombrar una condición cerrada allí donde, en realidad, existe un proceso continuo y profundamente diverso.
Tal vez el problema aparezca cuando la edad deja de ser una característica y empieza a convertirse en una explicación total. Cuando creemos conocer a alguien porque conocemos los años que tiene. Cuando dejamos de preguntarle qué desea porque suponemos que, a determinada altura de la vida, sus deseos deberían ser previsibles, prudentes o razonables.
Las palabras no solo describen. También construyen formas de mirar.
Al nombrar a alguien exclusivamente desde su edad podemos comenzar a esperar quietud, dependencia, agradecimiento o aceptación. Nos sorprende que una persona mayor se enamore, quiera vivir sin compañía, cambie de opinión, inicie un proyecto o decida asumir determinado riesgo.
Y quizá eso tenga también que ver con nuestra propia dificultad para mirar el envejecimiento. Las personas mayores nos recuerdan el paso del tiempo, la fragilidad posible, la transformación de los cuerpos y nuestra propia finitud. A veces es más sencillo pensar la vejez como algo que les ocurre a otros que reconocernos a nosotros mismos dentro de ese mismo proceso.
Sin embargo, nadie se convierte en otra persona por cumplir años. A medida que envejecemos seguimos llevando con nosotros nuestra historia, nuestras contradicciones, nuestros afectos, nuestras pérdidas, nuestros valores y aquello que todavía esperamos.
El envejecimiento modifica la existencia, pero no reemplaza la identidad.
Nuestra época encierra, además, una paradoja. Vivimos más años y, al mismo tiempo, seguimos habitando sociedades que exaltan la juventud, la velocidad y la novedad. Hemos prolongado la vida, pero no siempre ampliamos de la misma manera nuestra capacidad para imaginar esos años como un tiempo pleno de derechos, elecciones y posibilidades.
Por eso, hablar hoy de personas mayores tampoco es una simple cuestión terminológica. La expresión pone primero a la persona, evita definirla exclusivamente por una etapa de la vida y resulta más coherente con una mirada basada en derechos humanos.
Pero cambiar las palabras es más sencillo que cambiar las prácticas.
Podemos hablar de personas mayores, de autonomía, de participación y de atención centrada en la persona y, aun así, seguir tomando decisiones por ellas en lugar de hacerlo con ellas.
A veces ocurre en situaciones muy cotidianas. Organizamos horarios, limitamos salidas, seleccionamos actividades, decidimos qué resulta conveniente o cuánto riesgo estamos dispuestos a permitir. Otras veces ocurre frente a decisiones más complejas relacionadas con la salud, los tratamientos o la información sobre una enfermedad.
En muchos casos no existe intención de dañar. Hay afecto, responsabilidad, temor y un deseo genuino de proteger. Quienes acompañan pueden sentir amor, culpa, preocupación o impotencia y, frente a la imposibilidad de garantizar que nada ocurra, tener todo bajo control puede parecer una forma de cuidar.
Pero cuidar y controlar no son necesariamente lo mismo.
La necesidad de ayuda tampoco implica pérdida de autonomía. Requerir apoyos para algunas actividades de la vida cotidiana no elimina los deseos, las preferencias ni la capacidad para participar de las decisiones.
La existencia de apoyos no debería sustituir la voz de la persona en la decisión.
Esta diferencia se vuelve especialmente importante cuando aparece una situación de dependencia. Necesitar asistencia no transforma automáticamente a una persona adulta en alguien incapaz de decidir. La autonomía no significa vivir sin ayuda ni depender de nadie: a lo largo de la vida todos necesitamos apoyos de distintas formas y en distintos momentos.
La verdadera pregunta es si esos apoyos amplían la posibilidad de decidir o terminan reemplazando la voz de quien los recibe.
Mi experiencia acompañando a personas con enfermedades crónicas y avanzadas también me ha enfrentado muchas veces con esta dificultad. Con intención de proteger, algunas familias piden que determinada información no sea comunicada, que no se hable de un diagnóstico o de un pronóstico, o que ciertas decisiones se conversen primero con el entorno.
La intención suele ser evitar sufrimiento. Sin embargo, cuando alguien queda fuera de la información también puede quedar fuera de decisiones fundamentales sobre su propia vida.
La protección, entonces, también puede tomar la forma del silencio.
Y allí aparece una pregunta incómoda: ¿protegemos a la persona o nos protegemos nosotros de la incomodidad que produce escuchar lo que realmente quiere?
Escuchar supone aceptar que la respuesta puede no coincidir con la nuestra.
Lo mismo ocurre cuando una persona mayor quiere asumir un riesgo, rechazar una actividad, preservar su intimidad, sostener un vínculo afectivo o tomar una decisión que el entorno considera poco prudente. Las personas adultas elegimos, nos equivocamos y asumimos riesgos durante toda nuestra vida. Envejecer no debería reducir automáticamente el margen que reconocemos para seguir haciéndolo.
Quizá uno de los efectos más problemáticos de algunas miradas sobre la ancianidad sea precisamente ese: anticipar una forma de pérdida de participación social antes de que exista una pérdida real de capacidad.
Esto ocurre cuando alguien continúa estando presente, pero deja de ser consultado; cuando se habla de la persona sin hablar con ella; cuando sus deseos comienzan a interpretarse como caprichos, sus decisiones como amenazas o sus proyectos como impropios para su edad.
Por eso revisar las palabras no es un ejercicio de corrección lingüística. Es revisar la mirada que construimos sobre quienes envejecen y, también, sobre nuestro propio envejecimiento.
Podemos conservar “ancianidad” en el lugar donde posee un significado histórico insustituible: el de una conquista que permitió ampliar derechos. Pero quizá hoy necesitemos otras palabras para nombrar la enorme diversidad de quienes transitan esta etapa de la vida.
Hablar de personas mayores coloca a la persona antes que a la edad. Hablar de vejeces, en plural, reconoce que no existe una sola manera de envejecer.
Ninguna palabra, sin embargo, será suficiente si no cambia también nuestra forma de mirar.
El envejecimiento es un proceso natural que nos atraviesa a todas las personas. La enfermedad y la dependencia pueden llegar, y la muerte forma parte de la vida. Pero ninguna de esas condiciones elimina la identidad, la dignidad, el deseo ni el derecho a participar en las decisiones sobre la propia vida.
Tal vez la pregunta ya no sea cuándo una persona se convierte en anciana.
Tal vez debamos preguntarnos cuándo comenzamos nosotros a mirarla como si hubiera dejado de ser plenamente quien es.
Equipo de Pallium Latinoamérica